Camino al andar: Entrevista a Aníbal Luna

Por Stefanía Pérez

Aníbal “el Manisero” Luna vive en Concordia, pero es considerado un símbolo de Chajarí ya que viaja todos los días a esta ciudad para vender sus productos. Tiene una familia constituida por su esposa Beatriz, jubilada de una empresa de limpieza con la cual comparte 36 años de casados y 3 hijos. Matías, el mayor, a punto de recibirse de Contador Público, el que le sigue, Lucas, recibido de Licenciado en Sistemas y el más chico, Pablo, quien es estudiante de gastronomía y guitarra. La sonrisa acompaña su marcha y cree que hay que tener proyectos y metas permanentemente en la mente.

El sol, con sus rayos color oro, iluminaba cada esquina de la ciudad. Él estaba ahí, en su lugar habitual, la esquina del Banco de Entre Ríos de la ciudad de Chajarí, con su gorra roja, su bandeja, sus maníes, sus garrapiñadas, sus girasoles, su amabilidad.

Eran las 11 del miércoles cuando sin vacilar decía: “No te prohíbas de nada, preguntame todo lo que quieras que con gusto te voy a responder”.

El encuentro estaba pactado para las 10 del día siguiente. Puntual y con una gran predisposición, llegó al lugar para comenzar un recorrido por su vida, su historia, sus años.

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— ¿Cómo fue que empezó vendiendo productos en la calle?

— Desde chico me gustaba vender. Vendía diarios en la calle. Eso me llevó a otros productos. Comencé a viajar a Buenos Aires con un camionero amigo y compraba gaseosas en los supermercados de allá abaratando los costos y después las ponía en una conservadora y salía a la peatonal a vender en pleno verano. Antes cuando trabajaba en relación de dependencia, dejaba una hora o dos todos los días para salir a vender. Sentía que no podía estar prisionero entre cuatro paredes. Para mí era una presión la falta de libertad. Hoy cuento con una libertad con responsabilidad y eso es importante.

–¿Cuantos años hace que realiza este trabajo?

— 29 años.

— ¿Solo lo hace en Chajarí o también en otras zonas?

— En distintos lugares, incluso en los remates de vacunos. Desde Villaguay, Entre Ríos a Mercedes, Corrientes. ¿Cómo me entero de los remates? Escucho el correo del campo de Concordia y el mensajero rural de Chajarí, entonces tomo nota y me ubico en los lugares estratégicos de la ruta donde pasan las personas que se dirigen al evento. Como ya todos me conocen de años, me aconsejan lo mismo: Olvídese el DNI –dice entre risas- pero no el gorro colorado.

— ¿Cuáles son los lugares habituales de venta? ¿Cuál es el recorrido que sigue?

— No tengo lugares fijos. Siempre tengo pensadas dos o tres opciones, si una está floja opto por la otra, no pierdo tiempo. Puedo estar en Federación a la mañana y a la tarde en algún otro lugar donde haya algún acontecimiento. De esta forma aprovecho bien el día.

— ¿Sigue una rutina?

— No. Eso contribuye a mi estado de ánimo permanente. Además eso de ir siempre a lugares distintos hace que tenga muchas anécdotas para contar.

— ¿Puede relatar alguna?

— Cómo no. En la época del paro del campo, por ejemplo, me paraba en la ruta y las personas que iban en caravana me llevaban hasta Islas del Ibicuy y ahí vendía a los oradores que estaban arriba del escenario y a la gente que estaba presente. En una oportunidad, estaba vendiendo a un señor y una familia me llama desde más atrás. Cuando me acerco, la señora me pregunta si sabía cuánto tiempo iba a durar el corte de ruta y mi respuesta fue: “es media hora, hasta que el manisero venda todo”.

Entre carcajadas la señora le comunicó que no podía creer que pararon el país para que el venda maníes.

-Continuó- No solo la saque de la tensión del momento, sino que también me compró en agradecimiento al momento de risas.

–En cuanto a su trabajo y a su vida ¿Influyó en algo el cambio de gobierno que experimentamos en 2015?

— En mi trabajo no influyó por el hecho de que me manejo de manera independiente e individual, entonces tengo mi propia organización, a mi manera. Pero ojalá que a este gobierno le vaya bien, porque si le va bien, le va bien a la gente. Que pensando en nosotros hagan lo mejor para que todos podamos progresar, superarnos, tengamos la comodidad necesaria y así vivamos mejor.

— ¿Cómo es un día en la vida de Aníbal Luna?

— Me levanto siempre con optimismo. Al fin y al cabo ¿es un día más de vida no? soy positivo sin dejar de ver la realidad; entonces cuando me levanto soy una inyección de vida para todo el mundo. Sea la persona que sea, si me la encuentro, le inyecto un poco de ese virus, que es bueno y la transformo.

— ¿En que se moviliza?

— Cuando estoy en Chajarí, en bicicleta. La dejo a una cuadra de la terminal en la casa de una persona que cada vez que me ve me dice: ya está en marcha eh, suba nomas.

— ¿A qué hora comienza su día y a qué hora termina?

— Empieza a las 6 de la mañana con el desayuno y toda la organización. Luego me voy a la terminal y tomo el colectivo de larga distancia que me lleve al destino planeado. El final de mi día depende de la venta, cuando me quedo sin mercadería regreso a mi casa.

— Cuando llueve, ¿de qué forma realiza su trabajo?

— De la misma manera que siempre. Me ubico en el alero que tiene el Banco de Entre Ríos y siempre alguien me compra y a los eventos que son bajo techo concurro sin ningún inconveniente.

— Su familia, ¿qué opina de su actividad?

— Me ven bien a mí y están bien ellos. Para mi es una felicidad, no un trabajo. No me desgasto, al contrario, cargo más energía.

— ¿Qué sentimientos tiene hacia su labor?

— Felicidad total y permanente. Un apasionado de lo que hago- exclamó con mucho ímpetu.

— ¿Qué cree que opina le gente de usted?

— Pienso que opina lo mejor. Siempre aliento a todos, incluso a otros vendedores.  Me pongo a disposición de ellos para que no pierdan de vender, por ejemplo con el tema cambio, como yo siempre tengo, los ayudo. Ese tipo de cosas. Está en mi forma de ser, soy avasallante. Todo lo que hago no es por interés comercial, sino que es más fuerte que yo, me sale de forma natural, me desborda.

Contestaba de forma ágil y las pausas que elegía hacer eran solo para tomar un mate. Sin embargo, en sus ojos y en sus gestos, se podía ver el recorrido que hacía en su memoria para poner en palabras cada respuesta que relataba.

–Además de la venta ambulante de garrapiñadas y maníes, ¿lleva a cabo otro trabajo?

— En mi casa. Antes, en Concordia, salía en bicicleta a vender bolsas de polietileno y  bolsas para facturas. Siempre en contacto con la gente. Ahora como yo no estoy pendiente de eso, llaman a mi casa para hacer los pedidos y los retiran ahí.

— Aníbal, hay un mito que gira en torno a su persona. En una oportunidad se creyó verlo en dos lugares a la vez, ¿qué opinión tiene acerca de eso?

— Se decía que estaba clonado y se investigaba en qué laboratorio. Por eso cada vez que voy a algún lugar digo que soy el original. Más allá de eso, agradecí ese humor de la gente, es una demostración de cariño. Debo decir que ese hecho me hizo más clientela.

Le encanta alentar permanentemente a los jóvenes, a los adultos a los ancianos, al que tenga un proyecto o al que no. Dice que todo lo que hay que hacer siempre en la vida es intentar y no bajar los brazos. Se despidió dejando en el lugar una alegría inconcebible y en la mesa, dos bolsitas de garrapiñadas. “Se ve que alguien me necesita porque todavía ando por acá” fueron las palabras que se alcanzó a oír mientras se subía a su bicicleta y se perdía entre las cuadras.

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