Carta a una joven de pañuelo verde

Por Osvaldo Bodean de El Entre Ríos

Hola María José.

Leí con mucha atención la entrevista que te hiciera mi colega Andrea Cattani y que fuera publicada en El Entre Ríos el pasado jueves 26 de Julio.

https://www.elentrerios.com/actualidad/entrevista-a-una-militante-feminista-ldquolas-muertes-por-aborto-clandestino-son-un-crimen-socialrdquo.htm

Aunque no coincido con algunas de tus ideas, escribo estas líneas para felicitarte. Me gustaría darte un abrazo a la distancia y sentir el tuyo, así como se abrazan en la parroquia Santos Justo y Pastor los pañuelos verde y celeste en ese corazón que podrás ver en la foto, que me la mandó Cecilia, una de mis hijas, tan joven y vital como vos.

Primero y principal, admiro tu autenticidad, tu franqueza, tu actitud jugada. Nadie podrá acusarte de tibieza. Valoro que ESTÁS VIVA. ¿En qué sentido lo digo? Esa forma de estar “muerto en vida” que se llama indiferencia, ese mirar hacia otro lado, ese esquivar a los compromisos de nuestro tiempo, intuyo que no ha calado en vos, como tal vez ha calado en mí y en muchos otros.

Te cuento que me ayuda mucho a intentar acercarme a vos la certeza de que todo ser humano es infinitamente más que un conjunto de ideas, acertadas o no, sofisticadas o no.

El valor de las personas, antes que en la ideología que pregonamos -que hoy puede ser una y otra muy distinta de aquí a unos años, porque el mundo cambia, las ideas dominantes también mutan y nuestras cabezas otro tanto- se manifiesta en algo que está antes que los pensamientos, incluso antes que nuestras conductas. Ese algo son esos deseos inconmensurables que experimentamos en lo más profundo del corazón, deseos de felicidad, de plena realización, de amor, que están en mí, en vos y en todo ser humano, aunque optemos por caminos diferentes para intentar satisfacerlos. ¡Es extraordinario que los humanos seamos portadores de deseos tan grandes, siendo a la vez tan frágiles -hasta una insignificante bacteria puede tumbarnos- y tan contradictorios (“No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” decía San Pablo-).

Cuanto más palpitantes son esos deseos, más enérgica se vuelve nuestra búsqueda, estamos más atentos al impacto que nos provoca la realidad y a verificar en cada experiencia si de verdad se calma la sed de felicidad que nos constituye o si sigue siempre allí, insaciable, como si sólo un infinito pudiera colmarnos.

María José, yo veo en vos, mucho antes que un pañuelo verde y otro naranja o rojizo, eso que Ernesto Sábato en “Resistencia” llama “el valor sagrado de cada vida”.

Si sólo te mirase por tu ideología caería en un reduccionismo que me empobrecería, porque me impediría abrirme a aprender de todas las demás riquezas que seguro hay en tu persona. Estaría “censurando” o “extirpando” una parte de vos, ejerciendo violencia contra la integridad de tu ser, empequeñeciéndote, a la vez que me estaría achicando también yo.

Como podrás imaginar, no estoy de acuerdo con el atajo que eliges para “salvar” la vida de mujeres pobres que se someten a abortos clandestinos, pero no dudo de que te mueve un sincero intento de hacer justicia con ellas. Te duele y te subleva la injusticia de que las ricas puedan “comprar higiene y profilaxis” (aunque no podrán evitar la angustia en lo más íntimo de su ser) mientras las pobres mueren desangradas, tanto como a mí me duele y me subleva que para evitar ese “crimen social” -como muy bien lo defines- justifiquemos y hasta le demos jerarquía de “derecho humano” a otro crimen: el del niño por nacer.

Cuando dices -a contramano de lo que aseguran científicos de fuste- que en las primeras semanas lo que hay dentro del vientre de la mujer son sólo “células en formación”, como si hablaras de una simple verruga, hasta en eso me doy cuenta que aflora otro rasgo de tu grandeza: la conciencia, a la que intentas calmar, convenciéndote de que no es una vida humana, porque de otro modo no te atreverías no ya a matarla sino siquiera a lastimarla. En esa conciencia que te reclama alguna clase de justificación vuelvo a hallar otro indicio incontrastable de la estatura de tu persona.

También me genera mucho respeto que te definas como “atea”. En tiempos en que se vive esquivando las preguntas fundamentales, vos no las eludes. Tu actitud es mucho más seria que la de tantos que nos decimos creyentes pero vivimos y actuamos como si Dios no existiera.

Tu ateísmo me parece muy coherente con tu militancia. Me cuesta entender que se pueda ser “creyente” y a la vez “abortista” y viceversa: que se pueda ser “pro vida” y a la vez “ateo”. Porque, como dice Luigi Giussani, “lo único que confiere dignidad a cada hombre, lo que obliga al respeto, frente a lo cual no hay poder que valga, es ver en el hombre esa relación con Dios, reconocer que el hombre no nace sólo de la biología de sus padres, que en él existe algo que está en relación directa con el Infinito, con la misteriosa fuente de todo”. Si no reconocemos esa ligazón, vos María José, yo, el niño por nacer, el ya nacido, el adulto, el anciano, apenas si somos partículas de materia evolucionada, un paréntesis sin sentido entre la nada y la nada. Por ello, Dostoyevski -gran escritor ruso- concluía que si Dios no existe todo está permitido. Todo, incluido el asesinato.

Pero si me apuras, tendré que confesarte -también yo quiero ser tan auténtico como vos y no ocultarte mi mirada- que no estoy muy seguro de que seas realmente “atea”. Tal vez se entienda por qué lo digo citando este fragmento de un “blues” de James Baldwin en el que dialogan Mama Henry y su nieto Richard:

Richard: Sabes que no creo en Dios, abuela.

Mama Henry: Tú no sabes lo que dices. No es posible que no creas en Dios. No eres tú quien decide.

Richard: ¿Y quién decide si no?

Mama Henry: La vida. La vida que está en ti decide. Ella sabe de dónde viene y cree en Dios.

María José, la que es atea es tu manera de pensar, las ideas de tu cabeza son ateas. Pero cada célula de tu cuerpo -de ese cuerpo del que dirás que eres “dueña” pero al que no podrías adosarle ni siquiera una pestaña porque te fue dado-, cada latido de tu corazón, la sangre que corre por las venas en este mismo instante, esas ganas de amar y ser amada que seguro te consumen, esos deseos de justicia que te inspiran, esa conciencia que te reclama, todo esto que no te diste a vos mismo, que tampoco tus padres pudieron imprimir en tu ser, TODO habla de Dios, TODO testimonia a Dios, como un río torrentoso que remite a la vertiente de la que surgen sus aguas.

Tal vez puedas entenderme a mí en este punto aunque no coincidas: NO puedo aceptar como un derecho humano al aborto por la misma razón que no puedo ver en vos sólo una masa celular que tuvo la suerte de que la dejaran evolucionar. Desde el primer instante en que fuiste concebida eres un milagro. Si te hubieran eliminado cuando eras aquel inicial “conjunto de células” habrían impedido que ese milagro del inicio se multiplicara en infinitos milagros sucesivos hasta traerte hasta este instante, no menos asombroso, en el que puedes leer usando el sentido de la vista que no fabricaste, puedes pensar usando una racionalidad que tampoco te diste, puedes emocionarte vibrando con un corazón que late sin que vos se lo puedas imponer…

Esta carta no estaría completa si no te confesara una última cosa: todo lo escrito antes, los argumentos que te expuse y los que vos puedas exponer para rebatirme, no sirven para nada, son nadería, son pura abstracción, si no van acompañados e incluso precedidos por el amor.

Me explico un poco más para que no suene a puro lirismo sentimentaloide. Recién cuando -sin que yo hubiera hecho méritos para que así ocurriera- alguien me miró a mí sin reducirme, amándome y respetándome por este origen sagrado del que misteriosamente ha brotado mi ser… sólo entonces, por contagio de ese amor, me he sentido invitado a ver a los demás con la misma mirada… ¡No quiere decir que me haya vuelto “bueno”! Sigo siendo el mismo miserable que antes, pero al menos cada vez que hago memoria de esa mirada -como intento en este momento al escribirte- ya no me domina la reacción y el instinto y asoma un afecto nuevo hacia todo lo que me rodea.

Dicho de otro modo María José: lo único que nos cambia es el amor. Cuando nos sentimos amados de verdad, brota en nosotros ganas de ser más buenos, de comprender al que piensa distinto, dejar de acusar por acusar y empezar a desear el bien incluso al enemigo.

Amados de verdad como se sintieron María Magdalena, Saqueo, Pedro, la adúltera a la que querían apedrear, la samaritana al lado del pozo. A ninguno de ellos Jesús les puso condiciones para amarlos, no examinó cuán agudas eran sus inteligencias, ni siquiera cuánto pecado había en sus vidas. Un amor así, incondicional, pleno de misericordia, que no se asquea por nuestras reiteradas caídas, es lo único que nos cambia. Ojalá un amor así entre en tu vida -y, si ya entró, que eche raíces- para llevar a su máxima expresión toda esa energía que irradia tu juventud comprometida.

Hasta cualquier momento.

Osvaldo.

Fuente: El Entre Ríos

No hay comentarios

Dejar respuesta