El ajedrez del destino.

Por: Leonardo Ferreyra.                                                                                          Contacto: leito707@hotmail.com

Dios se sentó en su gran sillón de pana blanca, estaba contrariado, raro en él porque nunca en su milenaria historia había dudado, ni siquiera ese día que sabía con certeza que Poncio Pilatos se iba a lavar las manos. Frente a él, en un escritorio de mármol, se encontraban varios biblioratos que contenían una inquietante estadística. Resulta que los ángeles vigías notaron que en el 87% de las casas de la tierra el número de cepillos de dientes que había en cada de ellas superaba ampliamente al numero de personas que ahí vivían. Decidido a terminar con esta desigualdad mando a llamar a su fiel San Pedro para convocar a una reunión inmediata. San Pedro demoró un rato en llegar, estaba en el portón de la entrada al cielo discutiendo con un anciano decrépito y soberbio que pugnaba por entrar. Al paso de un rato estuvo parado frente a Dios.

– Pedro, esto es urgente, necesito a mis dos enviados mas eficientes para una tarea, aunque sus acciones son incompatibles, he decidido que elijan ellos quien cumplirá la misión. San Pedro contestó -No entiendo, ¿a quien se refiere con sus enviados mas eficientes?. -Pero Pedro, me extraña, quienes mas que mi fiel Cupido y La Muerte, contestó Dios. San Pedro azorado agregó -Sabe usted que ellos no se hablan, va a ser difícil que se pongan de acuerdo. -Ellos sabrán que hacer, llámalos de inmediato-. Indicó Dios.

Llegaron cada cual por su lado, se sentaron frente al escritorio de mármol mirando fijamente a Dios, esperaron callados.

Dios les habló, explicó lo importante de la tarea y que ellos debían decidir quien la iba a cumplir y de que forma, luego desapareció dejándolos solos.

La muerte se rascaba la cabeza con la hoja de su guadaña y miraba el techo. Cupido con sus dedos entrelazados jugaba con sus pulgares, suspiraba esos suspiros intensos de amor y tarareaba una de canción de amor. Cupido movió sus rojizos labios y rompió el silencio. -Ay Muerte, Muertecita, en que momento del camino nuestro amor se distanció. La Muerte, corriendo su negra capucha y mirando de reojo dijo -Cada vez mas tonto vos, es que nunca hubo ni compañerismo entre los dos, pero un par de veces me detuve a hablar con vos y ya pensabas que había algo entre nosotros. A Cupido se le llenaron los ojos de lagrimas. -Escuchame, con vos ni olvido ni perdón, te acordas esa vez que te llevaste a Faustina en la pampa húmeda Argentina, me había costado años que se enamore de Alberto, sin embargo vos apareciste el día mismo del casamiento y zas, rompiste todo mi trabajo de años. La Muerte rió -Pero ese era mi trabajo también, ¿cuantas veces tuve que ir a buscar a personas porque vos decidías que sus seres amados se enamoraran de otras personas?, y sin embargo, yo, ahí, en el precipicio esperando que terminen de escribir sus cartas de despedida, ellos llorando por un amor que no fue y yo apurada porque en ese momento tenía otros tres trabajos. Cupido apretó los labios y apuntó sus comisuras hacia abajo en clara señal de tristeza y contestó -y si, a mi eso no me gustó, pero fueron épocas difíciles, en el cielo no había presupuesto y me mandaban con una sola flecha, no tenía para los dos y fue así-. -Bueno, basta de conversaciones que no nos llevan a nada, pongamos manos a la obra, ¿cómo vamos a hacer? Preguntó La Muerte. -Vamos al café que está en la nube Urano 2 y los decidimos, dijo Cupido poniéndose de pie.

Mientras caminaban por un amplio pasillo del paraíso iban tirando ideas de cómo resolver el entuerto, “hacemos piedra, papel o tijera” apuntó uno, “con una carrera de embolsados” dijo el otro. Siguiendo por el mismo pasillo pasaron por una ancha y alta puerta negra que nunca habían visto abierta, se acercaron y vieron con gran asombro que en una enorme sala había montados infinitos tableros de ajedrez, algunos por empezar y otros en mitad del juego. A lo lejos divisaron a Dios que se debatía en una encarnizada partida, lo peculiar era que jugaba contra el mismo, movía una pieza, se paraba, daba vuelta a la mesa y seguía jugando. Ambos se miraron y se dieron cuenta que esta era la solución, jugarían una partida, el que ganaba cumpliría la misión encomendada por Dios, lo que nunca supieron ellos, es que cada uno de esos juegos que estaban dispuestos en esa sala eran los encargados de decidir la suerte de la vida de las personas que habitan en la tierra. El futuro de Carlos e Hilda se iba a decidir esa tarde. Ambos se sentaron. La muerte movió primero.

Carlos Higinio Abregú era humilde, educado, trabajador y siempre bien humorado, tímido pero decidido. Ese martes a la tarde, en el campanario de la iglesia hacía mucho frío pero fue el único lugar desde donde pudo estudiar bien la escena. Al campanario se podía acceder desde la calle y lo mejor es que era lo suficientemente alto como para ver la plaza y un par de cuadras a la redonda. Tres meses enteros había pasado las tardes estudiando a su “víctima” y los por menores del barrio, donde, como todo barrio de pueblo, no pasaba mucho.

Lo habitual era lo siguiente, su víctima, Hilda Almada, salía todos los martes de su casa a las 14:15 hs, cruzaba la plaza por el medio y doblaba en la calle que la llevaba directo a la avenida principal a unas tres cuadras, su objetivo era abordarla en la esquina de la plaza justo antes que cruzara. Los negocios de las cuadras que rodeaban la plaza no abrían hasta las 16 hs lo que le daba un buen margen para ejecutar su acto.

Carlos, peón de profesión, hincha de Vélez por afición y ansioso por afección llegó al campanario muy temprano, alrededor de las 12 hs, por culpa de su escaso poder monetario, o mejor dicho, por su nulo poder monetario, no había podido llevar ningún reloj, pero sabía la hora que era por cómo el sol hacía que la cruz de la iglesia proyectara su sombra en el piso. Por más entusiasmo y coraje que le pusiera a la situación, él no sabía que su suerte y la de Hilda se estaba por decidir en una partida de ajedrez celestial. Se acurrucó entre las campanas para poder resistir el frío viento y esperó.

En la enorme sala donde se disponían infinitos tableros de ajedrez, La Muerte y Cupido se sentaron en silencio para no distraer a un pensativo Dios que a la lejanía se seguía debatiendo a duelo contra si mismo.

La Muerte, absolutamente concentrada, tomó las piezas negras y ejecutó el primer movimiento que fue e4* una simple avanzada de peón para romper el hielo. Este primer movimiento tuvo un efecto inmediato en la suerte de un enfocado Carlos que, acurrucado entre las campanas, debido a lo largo de la espera y de lo temprano que había tenido que presentarse en el campo para sus labores diarias, se quedó dormido, esto significaba ni mas ni menos que se podía perder toda la operación por ese descuido.

Cupido, disperso y temeroso, para no quedarse atrás realizó el mismo movimiento desde su perspectiva, este fue e5*. El movimiento defensivo le dio una mano al dormido Carlos y lo que pasó fue que un gorrión que venía volando en sentido al campanario se encandiló por el sol, perdió el rumbo y fue a dar de lleno con todo su pico y plumaje contra una de las tres campanas haciendo un ruido secó, lo que provocó que Carlos se despertara de su profundo sueño. Carlos, al notar que se había quedado dormido se asustó porque pensó que había perdido la oportunidad que tanto había esperado, pero al corroborar la sombra de la cruz en el piso calculó que debían ser las 14 hs, lo que todavía le daba tiempo.

La Muerte realizó su segundo movimiento Dama a h5*, al ver lo disperso que estaba su contrincante decidió sacar la dama. Esta temeraria movida de La Muerte repercutió de inmediato en la tierra, ya que Pascual, un sexagenario encargado del mantenimiento del templo, un par de horas antes había descubierto el lugar donde Alberto, el cura párroco del lugar, escondía el vino de la misa. Pascual, al ver la cantidad de botellas que había en reserva decidió hacerse de un par y aprovechando la ausencia del cura comenzó su degustación en ese mismo momento, con tanta mala fortuna para Carlos que cuando hubo terminado la segunda botella se levantó de la mesa donde estaba sentado, caminó dos pasos, trastabilló con su escoba y para evitar una dolorosa caída se prendió por unas sogas que eran las que activaban el mecanismo del campanario. Carlos que se había parado para juntar al pájaro herido, cuando empezaron las campanadas perdió la estabilidad y cayo del campanario.

Cupido, al ver que su contrincante sacaba la reina, decidió rápidamente salir con el caballo, su movimiento fue Caballo a c6*, tan rápido fue el movimiento que le permitió a Carlos caer arriba de un toldo que en ese instante estaba desplegando una monja para evitar que el sol entrara por las ventanas de la Iglesia. Después de una voltereta y gracias a su delgadez de hombre pobre, Carlos quedó de pié en el pasto.

La Muerte, sabiéndose astuta jugadora, realizó su tercer movimiento, decidió seguir por el alfil, el movimiento fue Alfil a c4*, debido a esta jugada, en la tierra hizo su aparición la famosa “chusma del pueblo”, si, una señora grande, de poca ocupación que observaba desde su ventana todo el día la plaza mientras escuchaba la radio. Hacía tres meses que en la radio avisaban del escape de un violador de una cárcel de un pueblo cercano, y para infortunio de Carlos, el perfil del sospechoso concordaba a la perfección con el de él. La vecina no había visto a Carlos subir al campanario, pero después de observarlo caer y en vista de su aspecto, decidió dar aviso a la policía local.

Muy nervioso cupido decidió usar el otro caballo, sabía que el movimiento en L de ellos podrían ser de gran utilidad a la hora de defenderse, el movimiento fue Caballo a f6*. Esta astuta jugada de Cupido hizo que en la tierra aparezca ella, la joven Hilda se dejó ver detrás del portón de su casa, lo abrió y cruzó la calle. Carlos desde la otra esquina la vio y pensó que era el momento que tanto había esperado y empezó a correr hacia el centro de la plaza a su encuentro.

La muerte, mostrando su gran huesuda sonrisa se dio cuenta que el juego era de ella, movió la Reina a f7* comiendo uno de los peones de su rival, y saltando de su silla gritó “Jaque mate”. El partido tenía una ganadora y era La Muerte, ella iba a ser la encargada de las acciones encomendadas por Dios. Pero claro, como todas las jugadas esta también tuvo una influencia directa en los hechos de la tierra. Una patrulla que venía llegando al campanario por denuncia de la vecina vio como el supuesto violador corría al encuentro de una señorita que cruzaba la plaza. El oficial Ramírez, ni lerdo ni perezoso, pese a su sobrepeso, se bajó del patrullero, apuntó su 9mm al sospechoso y tiró con  impunidad ciega. Carlos, que ese día tenía como único objetivo poder confesar su amor a Hilda, sintió un intenso dolor en la espalda que lo estremeció entero, empezó a trastabillar y fue a caer a los pies de Hilda quien no entendía qué pasaba. Carlos, herido de muerte la abrazó por las pantorrillas y le dijo: “Hola, me llamo Carlos y quiero decirte que te amo”, segundos después murió.

 

*Notación algebraica para describir los movimientos del ajedrez.

 

1 Comentario

  1. En requisa a la estructura de maletas de propiedad del mexicano, Jesus Ramos Cristian, de 23 anos de edad, descubrieron fichas de ajedrez y en el interior de su estructura cocaina negra habilmente. Dijo que el mexicano que tenia vuelo con destino Guatemala fue aprehendido por los agentes y puesto a disposicion del Ministerio Publico.

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