La conmovedora lucha de las mujeres del Tunante II

El velero desapareció hace casi seis meses en aguas de Brasil. Las búsquedas oficiales se suspendieron. Pero las hijas, hermanas y parejas de los tripulantes no pierden la fe de encontrarlos y realizan sus propios rastreos.

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Giovanna se maquilla en el auto porque no quiere salir en la foto con ojeras. Tiene los ojos azules enormes y muy expresivos. Recién llega del consultorio donde hasta hace seis meses atendía con su papá, el oftalmólogo Jorge Benozzi (62). Se levantó a las siete y encendió la computadora. Como cada día, busca una señal remota en el mar. Espera abrir un mail, un mensaje, algo que le devuelva la vida que tenía antes del 26 de agosto, cuando el Tunante II, el velero donde viajaba su papá, su pareja Mauro “Mau” Cappuccio (35), Alejandro Vernero (62) y Horacio “Mono” Morales (63), amigos de la facultad y de la infancia de Benozzi, se dio vuelta frente a las costas de Brasil. Cada vez que suena el teléfono y lee número anónimo o desconocido se le paraliza el corazón: “¿Y si son ellos?”Desde entonces, llevan 159 días de-saparecidos en el mar. Ya no hay barcos ni aviones oficiales que los busquen. Todo el esfuerzo para encontrarlos lo canalizan sus parejas, sus hijas y sus hermanas a través de la prensa y las redes sociales. Marcelo Tinelli, Manu Ginóbili y Diego Torres son algunos de los famosos que también prestaron su imagen en los videos que armaron para difundir el caso. Viva reunió a las mujeres del Tunante II para que cuenten su lucha.

Aquel martes 26 de agosto, cuatro días después de haber partido desde San Fernando, Vernero -cardiólogo del Hospital Pirovano- se comunicó desde el teléfono satelital del barco con su hijo Nicolás. En medio de una tormenta feroz frente a las costas de Río Grande del Sur, habían perdido velas y tumbado, pero vuelto a posición. Contaron que el mástil no duraría mucho y dijeron que los cuatro estaban tranquilos y en perfecto estado de salud. Avisaron que no tenían radio ni luz por falta de batería en el velero. Nicolás recibía cada hora la posición del Tunante II, que pasaba a la Marina de Brasil, hasta que se agotaron por completo las baterías. No hubo más comunicación.

Con siete kilos menos, Giovanna sostiene la voz desde el estómago. Intenta no quebrarse. Carla Cappuccio (28), su cuñada y hermana de Mauro, también bajó siete kilos. Se abraza con Andrea Eurnekian (53), pareja de Benozzi desde hace seis años. Y también está Luana (30), única hija de Mono Morales, que coloca la voz arriba y firme para no aflojar. Se les nota el dolor en la cara. Están enteras. Todas hablan en presente del Tunante II, de sus parejas y familiares, y de vez en cuando hasta se permiten un toque de humor. “Todo este esfuerzo se los vamos a cobrar (sonríen). No hay indicio de que el velero se haya hundido. Cuando un velero se va a pique flota todo: lonas, salvavidas, ollas, platos, chapas, maderas. No se encontró nada de nada”, destaca Andrea.

Zarparon el viernes 22 de agosto. El domingo 24 pasaron por La Paloma, Uruguay, donde arreglaron una burda, que son unos cables tipo polea que no comprometen al barco. Y el martes 26 llamaron para avisar de la tumbada en medio del temporal con olas de ocho metros. Enseguida los familiares se fueron juntando en la casa de los Vernero. Los “tunantes” iban pasando posición. Así lograron que los encontrara un buque mercante noruego. Los tenía a la vista e informaba a la Marina brasileña su posición. Y ellos confirmaron haber identificado a los noruegos. Pero esa noche, el buque los pierde de vista. Las familias concluyen que el jueves 28, después de la tormenta, seguían a flote. Es por un informe que pidieron a la empresa satelital: confirma que los teléfonos aún emitían señal. “Además de esto, no se encontró ningún elemento flotando mientras la Marina rastrillaba. Es importantísimo”, dice Luana. Aún así, Brasil cerró la búsqueda a los 20 días.

El 11 de octubre, sin embargo, la reanudó gracias a las fotos satelitales del 28 de septiembre que aportaron los familiares y los ubican a la deriva. Un avión de la Marina brasileña los avista el 11 de de octubre frente a Florianópolis pero no los puede rescatar. El 14 de octubre aparece la balsa, aunque sin el piso refractario. Esa superficie tiene cuatro metros cuadrados y sirve para hacer señales y reflejar la luz mejor que un espejo. Viene adherida con tirantes y es muy difícil de despegar. Indicaría que la podrían haber sacado ellos para ser captados por aviones y radares.

“Sin mástil es muy difícil ubicarlos. Tenés que pasar por al lado para verlos. No hay nada que indique que se hundieron. El Tunante II hoy es un departamento de un ambiente sin luz flotando en el mar. A bordo tienen todo para sobrevivir. Por eso los seguimos buscando”, apunta Giovanna.

El velero, con 12,6 metros de largo y cuatro de ancho, abarca 40 metros cuadrados. Cuenta con dos camarotes, living comedor donde conviven cómodas cuatro personas, dos baños y cocina. Llevaban equipo de pesca, botiquín de primeros auxilios con equipo de trauma y un aparato para potabilizar el agua de mar. “No estamos locas ni se trata de una búsqueda romántica. Nuestra fuerza es el amor, pero nuestra lógica son los datos”, completa Luana, productora audiovisual. “Creemos no sólo porque creemos. Nos explicaron por qué pueden estar en algún lugar. Muchas personas, al informarse, empiezan a entender que es posible”, explica Carla, empleada en ventas de una empresa.La vida y la rutina de las mujeres de del Tunante II y también la de Nicolás (arquitecto naval) y Tomás Vernero (cardiólogo en el Pirovano como su papá), cambió 100% en estos casi seis meses. Giovanna, Luana y los hijos Vernero sólo se habían visto un par de veces cuando eran chicos, pese a que sus padres se conocen de toda la vida. Junto a Andrea, que perdió a Jerónimo de 21 años -uno de sus cuatro hijos que se enfermó y murió el año pasado-, forman una nueva familia. Pero la vida sigue. Y ellas no se despegan de los sueños y proyectos que armaron con sus amores. Andrea y Jorge pensaban viajar a Italia a la vuelta de Río. “Estábamos en nuestro mejor momento. No sé cómo será el regreso. Pero espero que nos encuentre más profundos y sinceros aún”.

El día que salieron, aquel 22 de agosto, tripulantes y familiares fueron llegando con apuro a las 19 al puerto de San Fernando. Había que zarpar antes de que la marea bajara. Andrea les alcanzó los bombones de chocolate que había cocinado. Jorge “Pulga” Benozzi había comprado el barco un año atrás. La nave es obra de Néstor Volker, uno de los mejores diseñadores navales del país. Benozzi la había equipado con cuatro GPS y dos teléfonos satelitales. Como grupo, los cuatro amigos también habían entrenado para viajar juntos, incluida una navegación a Mar del Plata. Entre abrazos y besos, Andrea balbuceó un “cuídense”. Llevaban cantidad de comida y provisiones que Mau, empleado en el Poder Judicial, apasionado futbolero e hincha fanático de River, había comprado esa tarde en el super. Todos lo cargaron cuando confesó que, agotado después de los mandados, había dejado las bolsas tiradas en el living de su suegro Benozzi y se había ido a dormir la siesta.

Dos días antes, el miércoles 20, Mono Morales entró sin avisar al bar de Palermo donde Luana trabajaba como camarera. “Como habían adelantado la hora de la partida, yo ya no llegaba ese viernes a San Fernando. Y papá se apareció de sorpresa para despedirse”, confiesa Luana, nombre que en mapuche significa la más bella y alegre de la tribu pero también la que no se rinde. Apuraron un café porque el salón estaba lleno pero hubo tiempo de confesiones. Mono le contó que tenía el estómago algo revuelto por la ansiedad de la partida. Y repasaron su sueño de viajar juntos alguna vez y sentarse en París a tomar un café con Luana y con su ahijada Abril. Se dijeron adiós con un abrazo.La noche del jueves 21 hubo otra despedida. Fue en la casa de los Cappuccio en Mataderos. Cenaron pollo con papas. Estaban todos con sus parejas. Carla (28) y su novio Carlos, y los otros hermanos Cappuccio, Franco (31) y Mauro con su amada Giovanna. Mauro y Carla se reían e imaginaban cómo sería ver crecer a sus futuros hijos. Y soñaban con que los primos jugaran juntos como ellos, los hermanos, lo hacían de chicos. Panceta, la Golden Retriever de Mau y Giovi, daba vueltas y movía la cola.Oftalmóloga como su papá -e investigadora junto a él del Método Benozzi, que corrige la presbicia con gotas-, Giovanna (34) tiene una hermana, Natalia, un año menor, que estudia arquitectura naval. Las chicas perdieron a su mamá María Clelia hace 12 años cuando murió de cáncer. Giovanna guarda una fortaleza y aplomo que conmueven. Con sus nuevas compañeras de vida, aprendieron de barcos, navegación, fuerzas aéreas y marinas de Brasil, Argentina y Uruguay, satélites, softwares de búsqueda, estados y embajadas. Jamás perdieron las esperanzas.

“El velero es extremadamente sólido y seguro. No van a tener problemas en pasar mucho tiempo en el agua. Lo único complicado es que los encuentren rápido. Sin el mástil, hay poca eslora visible. Puede haber un montón de millas y horas de búsqueda, y cubrir un área impresionante, pero para encontrar un velero sin el palo hay que pasar por al lado. Tienen enormes posibilidades de sobrevida. Debemos seguir buscando. Hundir un velero en el océano es complicado”, enfatiza Gustavo “Tato” Seguessa, velerista, última persona que estuvo con los tunantes, el 24 de agosto en La Paloma, Uruguay.

El otro punto clave para analizar las posibilidades de supervivencia es el hallazgo de la balsa. Para Seguessa la activaron los navegantes para sacarle las provisiones que tenía adentro. “La balsa está hecha para que esté a la deriva. Si ellos la activaron (quiere decir que se infla y se despliega) y la ataron al casco y las olas le pegaron duro, es probable que el cabo se haya soltado, por eso la encontraron”, explica. “La balsa viene con remo, bengalas, elementos para hacer señales, manual de supervivencia, pastillas potabilizadoras y comida. Y el piso es como el del interior de las lancheras. Además de protegerte de la hipotermia, sirve para reflejar la luz , hacer señales y que te capten los radares. Esa plancha viene agarrada con tirantes y no se puede salir a menos que se manipule en forma manual. Pensamos que la pudieron haber sacado ellos”, agrega Carla.

En Argentina, además de 100 mil firmas, presentamos las pruebas y el Ministerio de Defensa nos dice que van a seguir buscando. Ahora que Brasil ya no busca, quedamos sólo con la CONAE (Comisión Nacional de Actividades Espaciales, que depende de Planificación Federal) y con la Central de Inteligencia Geoespacial (del Ejército Argentino). Además, el esfuerzo de Facebook a través de la página Novedades Búsqueda Tunante II (Oficial), la web buscandoaltunante.com.ar.y tuiter @ElTunante2.Para las familias hoy es más que importante la difusión, sobre todo en esta época de verano que es temporada alta en el mar. Sus seres queridos podrían estar a la deriva entre Sudamérica y Africa, o en alguna isla o costa deshabitada. “En estos meses hay más cruceros, más excursiones, regatas, veleristas, pesca, mercantes. Pensando que el Tunante está a flote pero sin mástil -que dificulta que lo capten los radares- y al no tener aviones o barcos oficiales que lo busquen, sólo queda que se crucen con alguien o que lleguen a alguna costa. Pedimos a todos que estén atentos. Y que la historia pase de boca en boca”, remarca Giovanna.

Por otra parte, la dedicación y coordinación para la búsqueda es enorme. No sólo económica (los familiares pagaron los hoteles y viajes a Brasi y Uruguay con dinero de sus bolsillos), sino también logística. “Dejamos de trabajar para ocuparnos de ellos. Te pasa algo así y estás solo. Los protocolos de búsqueda duran 10 a 15 días y está comprobado por numerosos casos que la gente puede sobrevivir en el mar muchísimo más tiempo”, explica Giovanna. “No existe un organismo que te ampare. Además de los recursos económicos se necesita una logística y que los protocolos se modifiquen”, agrega Luana. “Sin embargo, no esperábamos tanta solidaridad. La gente nos da fuerza y legitima nuestro pedido. Se organizan en las redes para ayudarnos”, completa Carla.La piratería tampoco queda de lado. Por eso pusieron como recompensa el Tunante II: “En el mar hay mucho pirata, sobre todo en las costas de Africa donde ni los mercantes se acercan. No queremos que nadie esconda el velero. Necesitamos enterarnos de lo bueno y de lo malo. Si aparece un indicio de que se hundieron, los cuerpos o algo, precisamos saberlo. No nos gustaría quedarnos con la incertidumbre el resto de nuestras vidas”, apunta Giovanna.

¿Cómo describen a los “tunantes”?

Luana: Mi papá es súper tranquilo, con constancia y paciencia, elabora mucho las cosas. Trabaja en una guardia médica. Está acostumbrado a enfrentar situaciones de crisis y primeros auxilios también. Jorge (Benozzi) tiene un espíritu avasallador. Seguro es el que mantiene los ánimos arriba. Alejandro es MacGyver, arregla todo. Carla: Y mi hermano Mauro es polenta, lo más terco que hay sobre la faz de la Tierra. Está acostumbrado a pelearla. Ellos no son personas comunes.Giovanna: Un día alguien muy cercano me preguntó si de verdad les tengo fe. Juro que sí. Los cuatro tienen muchas ganas de vivir y mucho por qué volver. A veces pienso que vivo una película surrealista. Pero si nosotras no bajamos los brazos, tampoco ellos.

¿Qué les dirían hoy?

Todas juntas: Que aguanten. Que falta menos.

Fuente: Clarín

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