La influencia del Marcketing en la segunda mitad de esta década: “No te puedo creer Santi”

Llegue a la terminal una hora antes de la salida del colectivo y vi a Santiago sentado solo en una de la sillas que están frente a la televisión. Me acerque hacia donde estaba, me senté en la silla de al lado y le extendí la mano para saludarlo. Santi saludo sin mirarme, apenas hizo un gesto con la cabeza. Me llamo la atención.

Puede ser que uno salga siempre un poco acelerado de las clases o el hecho de que sean las 10:00 de la noche, haga frió, tengas hambre y falte para llegar a tu casa nos ponga en perseguidos, pero Santiago no era de esa frialdad. Por el contrario, es de esos pibes “yerno perfecto”: estudiante de música, respetuoso, atento a las preguntas y las respuestas cuando dialogas con él. Es de esos pibes que de muy chico no había necesidad de pedirle que se bañe y se lave los dientes. Por eso y porque estaba sentado abierto de piernas con los codos apoyados en las rodillas haciendo girar un CD-ROM (1), sentí que algo más pasaba.

-¿Todo bien che?- Le pregunte en tono sereno esperando un “SI” protocolar. El tipo no me registro. Siguió ahí, mirando el CD-ROM. Por un momento se me cruzo por la cabeza que Santiago había entrado al Arte de Volver y ya le habían prohibido hablar con gente con cara de fumón. Pero instantáneamente me pregunte ¿A que podría ser adicto Santiago? Al perfume. Descarte rápidamente la teoría. Sobre todo porque ya no tengo aspecto de fumón. En fin seguíamos ahí, los dos sentados, yo con la intención de resumir el día y el con la intención, pareciera, de terminar el día.

-Che, Rodri- Me dijo en un momento sin mirarme.

-¡Si!- le respondí mirándolo.

-¿Te puedo preguntar algo…. vos que sos un poco más….? No dejaba de lado el misterio en la pregunta

Yo metí un comentario rápido -¿Mas gay?- Y solté una risa que nada tenía que ver con el momento. El me respondió un NONO tipo respuesta de WhatSapp para darse paso directamente a contar lo que importaba.

De repente apareció, para seguir con el concepto whatsappero, un “Escribiendo…” en la conversación. Había algo que Santiago quería contar, había algo que hacia ruido y provocaba distancia. Yo escuche atento un relato en tono desalentador, como nunca lo había escuchado en él. Contó:

Hoy me agrego una chica a Facebook, yo no la conocía, pero era linda y viste como es la belleza, por algún lado te gana. La acepte pero no entre a ver sus fotos ni algún estado que me pueda dar una idea de conocerla. Al instante y como arte de magia se abre una ventana en el chat: “Hola Santi” decía el mensaje. Yo quede dudando, hacia menos de cinco minutos había aceptado la solicitud de amistad de una chica que no conocía, y de la nada me habla. Entré en la sospecha de que fuese un falso perfil, no respondí. Busque en su muro y mire fotos y estados y videos compartidos y más fotos. Parecía ser que era la del perfil, la del chat, la de los ojos claros y el pelo castaño. Fui ansioso, al “Hola” le respondí con un “Hola ¿Nos conocemos de algún lado?” Estuve mal porque obligaba a que responda rápidamente, y si uno quiere lograr una buena charla por Facebook no debe ser ni ansioso, ni incisivo, ni mentiroso. (Quien escribe no se hace cargo de esta afirmación)

Interrumpí con una oportuna reflexión: -Si te agrega y te habla lo más probable es que te quiera coger.

-No, para que sigo- me corto sin darle importancia a lo que dije.

Empecé a preocuparme un poco. El relato continuo:

¿Dónde estaba? Ah, sí. Cuestión que empezamos a hablar, me pude dar cuenta rápidamente que ella tampoco me conocía, y hacia preguntas y daba respuestas abiertas para hacerlo, para conocerme. No se me cruzo por la cabeza, eso que decís, que ella se quiera acostar conmigo pero la charla dio un giro inesperado en un momento: “Vendrías a casa a tomar algo” 

Interrumpí, era inevitable –“¡Maestro!”- exclame. Santi como si nada siguió:

“En ese comentario volvieron mis dudas, cerré por un momento la conversación, yo estaba chateando desde el celular en mi casa, eran las doce del mediodía, y una chica muy linda me estaba invitado a tomar algo. Todo era un entusiasmo creciente. Le dije si, y fui otra vez muy ansioso. ¿Cuándo? Pregunte. Me di cuenta de mi error al instante pero ya estaba jugado. Ella me respondió de manera espontanea “Y, según” me dijo: “Si es ahora a la siesta pueden ser unos mates, si es a la noche puede ser una cerveza”. Acepte la propuesta de los mates y volvi a preguntar “¿Cuándo?”. Ahí la charla me termino de descolocar “Después del mediodía si podes. Te paso mi número” Salte como un loco, hicimos una despedida informal con algunos chistes y pasamos al whatsapp. Me dio dirección, timbre y hora.

Llegue al departamento ubicado en el centro de Chajarí -Santiago es de Villa del Rosario, una ciudad donde el porcentaje de chicas lindas es altísimo si tenemos en cuenta la cantidad de habitantes- toque timbre y espere. Cuando salió me di cuenta que algunas fotos engañan. Era más linda personalmente.

(No interrumpí pero hice el gesto de decir: “Como yo”)

Entre al departamento. Me temblaban las piernas, me transpiraban las manos. Tenía miedo de arruinar todo con una frase desafortunada o que se me escape un pedo no sé. Son complicados los primeros encuentros. Nos sentamos en el futon frente a la tele apagada, ella no dejaba de demostrarme la satisfacción de que haya ido ese mismo día. Fue muy cálida y sonriente, estaba sentada cerca, muy cerca y me hablaba y yo empezaba a sentirme cada vez más cómodo y conectado a la charla con alguien que a las 10 de la mañana no sabía quién era, pero ahora eran las 14:35, el Jovi a Concordia salía 16:30 y estábamos ahí, en su casa, los dos solos, sentados cerca, riéndonos. Empecé a convencerme de que la chica quería algo más. Y que en ese algo más estábamos juntos. ¿Mates? Me pregunto. Si dale, le respondí. Se fue a la cocina. Volvió…

Hubo un silencio en Santi, sorpresivamente su cara se empobreció de gestualidad y volvió a mirar el CD-ROM. Se reincorporó al relato pero distinto:

Volvió con el mate listo y la sonrisa más seductora que pude ver en esta vida, se sentó en el lugar que había dejado libre hace unos minutos pero más cerca. Me volvió a sonreír, ¡por favor esa sonrisa!, me miro a los ojos, dejo el mate en una mesita y saco de no sé dónde algo: “¿Santi… te interesaría vender productos de Amway?” me pregunto. (Silencio)

Yo me enfrié primero, repetí el mismo gesto de dolor que puse cuando Götze hizo el gol en la final y al segundo estalle en una carcajada interminable, incontenible. Después de unos segundos, y con la resaca de la carcajada, pude responder algo poco coherente “No te puedo creer Santi….”

1 – El CD-ROM contenía un podcast de más de una hora y media donde una voz masculina y neutra te daba un montón de razones banales de porque deberías hacerte millonario vendiendo esa porquería.

 

 

 

 

 

 

 

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