”No se vayan”

Por Josefina Lovatto


 

_”No se vayan”-gritaba Jaime, con lágrimas que rebalsaban en sus ojos y se deslizaban a través de sus rojas mejillas.

_”No se vayan”-susurró, mientras se dejaba caer en la húmeda vereda y observaba al Cadillac rojo desvanecerse en el claro. Y él ahí, con un agudo dolor en el pecho que no expresaba más que su soledad.

 

La infancia de Jaime había sido bastante tranquila. Tuvo una mamá, un papá, un hermano. Fueron muy felices todos juntos.

A veces, cuando se encontraba sudando, no a causa del calor; y temblando, no a causa del frío, en su cama cubierta por blancas cortinas, los recordaba.

Marta, su madre, tenía la manía de preparar un budín de pan cada fin de mes, aunque a nadie le gustaba. Era tan feo, que aún habiendo transcurrido un mes, quedaba en la grilla del horno la mitad del  budín de pan del mes anterior. No asuman que la mitad faltante había sido devorado por algún miembro de la familia o por algún conocido, no. Lautaro, papá de Jaime, junto con Julián, su hermano, y el mismo Jaime, habían llegado a un acuerdo. Para que Marta no se sienta mal, cada uno le daría de comer una pequeña porción del budín a Chester, el perro de la familia. De acuerdo con los recuerdos de Jaime, era un Golden Retriever ya entrado en años, con el cabello más largo y sedoso del mundo, y muy juguetón.

 

Luego de estar tirado en la vereda por unos minutos, contemplando a la nada, Jaime fue bruscamente puesto de pie y arrastrado por dos enfermeros. No podía creerlo, realmente lo habían abandonado. Y ni siquiera conocía el por qué. Posteriormente intentó recordar los sucesos acontecidos días antes a su encierro, para saber que había hecho mal, pero simplemente no pudo. Todo era confuso.

Estar en esa especie de reclusorio era y se sentía horrible. Contiguo al cuarto de Jaime se encontraba la habitación de Luis. El contaba mucho sobre si mismo, cosas que a nadie le interesaban. Algunas veces mientras Luis hablaba, Jaime lo miraba fijamente, considerando que ante esa tortura de tener que escuchar a alguien hablar sobre si mismo durante horas, la muerte no sonaba como algo tan malo. A veces se cansaba de ignorarlo y en el hartazgo, lo escuchaba a consciencia. La historia de Luis era bastante triste, y en retrospectiva uno podía entender el porqué de su gran demanda de atención y de su excesiva verborragia.

De chico, Luis vivía en una estancia con su mamá y sus cuatro hermanos, menores que él. En el gran comedor de la vivienda, había una salamandra que inundaba la sala en días de frío. En una noche helada de agosto, su mamá dejó encendida la estufa y enfrentó a ella una silla repleta de ropa, y se fue a dormir. Uno puede imaginarse lo que pasó después. La silla estaba demasiado cerca del fuego, y todo se vio reducido a cenizas.

Solo Luis sobrevivió. Tuvo que reconocer los calcinados cadáveres de sus hermanos y su madre. Nunca olvidará el distintivo de cada uno. María, llevaba puesto un collar con la letra M, que fue encontrado dentro de los restos de su cuerpo chamuscado, lo mismo con Juan, Ana Luisa, y Andrea. La peor parte, si es que se puede desmenuzar este hecho catastrófico per se para categorizarlo, fue hallar a su madre, Lucía; su cuerpo no estaba tan quemado como el de sus hijos.

Debajo de la consecuencia del fuego, se distinguían sus facciones. Se distinguía a su mamá, que les preparaba la leche, les cosía y lavaba la ropa, la que les mentía con respecto a la huida de papá, intentando convencerlos de que él no se fue porque ellos no eran suficientes, que se fue porque era un hijo de puta.

Después de esos traumáticos eventos, Luis no quedó muy bien. Los de servicios sociales lo tomaron y pudieron ubicarlo en casas de acogida, pero Luis nunca parecía ser suficiente para esas familias, nunca parecía encajar.

Cuando tenía quince, lo tomaron los Gallardo, Luis se sentía cómodo con ellos. Le dieron su propia habitación, le daban comida saludable, y le hablaban con respeto. Luego de un par de semanas en su casa y ya habiendo entrado en confianza, Luis sintió sed en el medio de la noche. Se levantó y se dirigió a la cocina. Estando allí, sintió que alguien bajaba por las escaleras, era Antonio, el señor Gallardo, esposo de Rita. Antonio descendió hasta la planta baja y se dirigió a la cocina para acompañar a Luis, ambos desarrollaron una charla que Luis encontró un tanto incómoda y extraña. Le preguntó todo tipo de cosas, desde cuál era su equipo de fútbol favorito hasta si dormía con remera y ropa interior a la noche. Cuando Luis decidió que tuvo suficiente, se excusó con un falso bostezo y se dirigió a su habitación.

Luis estaba en su cama, mirando la pared. Sintió que alguien se acercaba, pero no quiso darse vuelta a mirar. Comenzó a preocuparse cuando su puerta se abrió lentamente, pero estaba demasiado paralizado por el miedo como para hacer algo al respecto; para cuando se hizo consciente de sus movimientos y de lo que sucedía, una fuerza ahora exterior le impidió reaccionar. Era Antonio. Con una de sus fuertes manos tapaba la boca de Luis, y con la otra, procuraba quitarle la ropa interior.

Días después, la residencia de los Gallardo fue reducida a cenizas sin más sobrevivientes que Luis; ergo, único sospechoso.

 

Está en el reclusorio desde entonces.

Jaime procura escucharlo de vez en cuando, por pena. Porque sabe que Luis no tiene la culpa de que Dios no siempre escuche.

 

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