No soy yo, sos vos.


Una de las maneras más comunes que tenemos las personas para defendernos de nuestros malestares es simple: culpar al mundo de nuestros problemas. Se conoce como atribución externa, a las acciones mediante las cuales una persona atribuye al exterior, ya sea a personas o cosas, la responsabilidad de lo que siente y lo que le pasa.

La atribución externa es una de las formas principales de construir nuestra identidad. Para muchas personas, se vuelve la forma principal de vivir su vida y su día a día. Cabe aclarar que la atribución externa como mecanismo de defensa es automática, la persona no lo hace a voluntad.

Pero, ¿de que nos defiende esta capacidad de culpar al mundo de nuestros dolores?

Nos defiende de la tristeza.

Cuando existen grandes culpas o dolores no resueltos, y que la persona no es capaz (aun) de enfrentar ya que lo tocan en lo más profundo de su ser, nuestra cabeza prefiere mirar hacia afuera.

Inconcientemente, las personas hacemos lo posible para no vernos tristes y vulnerables. Es preferible vernos enojados, tal como nos vemos cuando atribuimos mucho externamente. Es así porque la atribución externa es la gran aliada del orgullo.

Cuando tomamos por forma de vida culpar al mundo entero, el orgullo se muestra para afuera como una extrema (hasta maníaca) confianza y seguridad en uno mismo, y con su complementaria desconfianza hacia los demás. Pero en el fondo, esa persona que parece tan soberbia oculta un profundo sentimiento de inseguridad y miedo.

Para hacer una comparación, la capacidad de atribución externa es la contraparte de la depresión.

En esta última, las culpas se atribuyen enteramente a uno mismo, por lo cual la persona se siente desvalida e inútil.

Si la persona depresiva parece vivir una vida lúgubre, lenta y oscura; la persona que atribuye externamente es muy activa, habladora y acusadora, tiene emociones explosivas y estados de ánimo oscilantes desde una gran alegría hasta un enojo furioso, pero raramente pasa por la tristeza (típica del depresivo).

Recordemos, todo el armado emocional y cognitivo está para eso: evitar encontrar la tristeza.

La atribución externa es un escudo sumamente fuerte, ya que la persona se afirma en una inmensa seguridad de que su verdad es “la verdad”, única e indudable, por lo cual quien se maneje con este modo emocional raramente concurra por propia voluntad a terapia. Y si lo hace, intentará convencer al psicólogo de su posición, y que éste le dé la razón, de lo contrario dejará de asistir.

Cuando la atribución externa se vuelve muy fuerte, la persona termina por no creer en nadie más que en sí mismo y se aliará solamente con aquellos que lo confirmen, llegándose a construir algo parecido a una estructura delirante (como se ve por ejemplo en los delirios de celos) donde la persona crea mundos en su mente en base a cualquier indicio trivial.

 

Por Leandro Cavallaro González. Psicólogo. Egresado de la Universidad Nacional de Rosario 2015. Miembro del Centro de Investigación en Neurociencias (UNR).

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