Oda a la Dopamina: el placer detrás de las reacciones químicas

Hacemos música hace una banda. Y no estamos hablando del sonido que emite la corriente de un río o del animalito que desde una rama anuncia el inicio del día. Hace por lo menos 40.000 años que creamos y recreamos música por placer y porque si; los ritmos y los versos comenzaron a fluir cuando uno de nosotros encontró una flauta de hueso que data de ese tiempo, ademán inherente a la evolución y, en consecuencia natural y lógica, al desarrollo de la historia de los humanos.

Los fundamentos que responden por qué somos una especie tan musical o en qué radica el valor adaptativo de la música son ejes de debate hace años, están más discutidos que penal al borde del área. Podemos diferenciar a la humanidad en dos grandes grupos estableciendo un solo parámetro: aquellos que disfrutan de la música por un lado, y los sujetos enigmáticos que carecen de ese ente abstracto y misterioso que llamamos “alma”, por otro. La ciencia nos ha demostrado con evidencias que el alma, el espíritu, Dios, el amor y el resto de la banda residen en el mismo lugar: el cerebro. La insaciable pasión por la música o su incomprensible ausencia se encuentran justo ahí, en esa convención de neuronas. Desde allí ocurre la acción o, mejor dicho, se envían los comandos que te hacen mover la patita al ritmo de la música en una sala de espera o tararear un hitazo por horas. De reacciones químicas se trata. ¿Quién osa a resistirse? El mismísimo Darwin, quien además de observar insectos observaba gente, tiró la toalla al pensar que la música era una dotación extraordinaria e inexplicable del ser humano, tanto como entender que comprender su estímulo es un objetivo utópico e imposible de abordar… O no.

Robert Zatorre, quien al margen de haber nacido acá nomas por alguna razón se llama “Robert”, es co-director del International Laboratory for Brain, Music and Sound Research, en Canadá. Eligió dedicar su vida a la ciencia, manifestando una gran afinidad con las vocaciones anticonceptivas. En fin, su trabajo es muy interesante: invita a las personas a escuchar música en un resonador magnético para medirle cositas. Suena fácil pero nada es tan así. Nunca.
Partiendo de una experiencia sensorial la música representa uno de los estímulos más complejos. (Darwin aplicable). Además de involucrar el sentido de la audición incluye numerosas respuestas fisiológicas estrechamente ligadas a la memoria y a las emociones. La tarea de Robert, entonces, puede entenderse a partir de dos aspectos; en primera instancia y completamente adherido al método científico común a cualquier experimento, diseñar protocolos en los que sea posible fijar todas las variables posibles, a excepción de aquella sujeta al estudio en cuestión, es decir, la que uno desea medir. Por otro lado, interpretar los resultados y, además de comunicar, convencer a la comunidad científica de que esa manchita que él ve en una pantalla emerge desde una correlación con un patrón en una melodía o en un ritmo, por ejemplo. En otras palabras, así se construye el plano de los procesos neurofisiológicos que se originan cada vez que nos dejamos llevar por ese solo de guitarra que tanto nos mueve. En uno de los artículos más notables del equipo de Zatorre nos cuentan que la diferencia que encontraron entre el placer que nos generan las drogas, el dinero, la comida, el pibe o la piba que nos gusta y la música es, básicamente, ninguna.

En el transcurso de la evolución nuestro cerebro fue adquiriendo ‘actualizaciones’ de todo tipo, resultando lo último en tecnología cerebral de las cortezas, es decir, las capas más externas de neuronas. A lo largo de nuestro crecimiento, nuestra corteza auditiva (ubicada a cada costado del cerebro) teje patrones de melodías y ritmos que de alguna manera conciben nuestros gustos musicales. Si de procesos hablamos, escuchar música es comparar lo que estamos percibiendo con esos moldes que fuimos forjando con el tiempo a través de vivencias. Aún así, hasta acá no encendimos la mecha: el espadazo emocional se hace efectivo cuando esos sonidos coinciden con nuestra expectativa y no terminan en manos de las frías y calculadoras cortezas cerebrales.

Dando entrada a la protagonista de esta nota, Robert descubrió también que al desatarse momentos placenteros durante una experiencia musical aumentan los niveles y la actividad de Dopamina en nuestro sistema límbico, una región situada en el centro del cerebro. El sistema límbico es el que corta los bifes a la hora del placer -de la motivación, estrictamente hablando-, y es lo que original y evolutivamente nos impulsa en el deseo de alimentarnos y aparearnos. Así sobrevivimos y perduramos en el tiempo como individuos y, consecuentemente, como especie.

En síntesis, y en virtud del quiz de Darwin, parece que la música no es más que una intrusa copada que nutre de placer ilegítimo una estructura esculpida con otras fuerzas, irrumpiendo a través de la cultura la ruta de la Dopamina. ¡Salud!

Fuentes de información:
http://www.zlab.mcgill.ca/home.php

https://elgatoylacaja.com.ar
– http://portal.educ.ar/noticias/entrevistas/robert-zatorre-la-musica-y-su-1.php
– http://www.agenciasinc.es/Entrevistas/Todo-el-cerebro-esta-dedicado-a-la-musica 

 

 

 

 

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