Los habitantes de un pueblo alemán fronterizo con Francia siguen aprovisionándose de barras de pan baguette y de cruasanes pese a las restricciones de circulación impuestas por el coronavirus, si es necesario con una caña de pescar.

Desde su tienda en el antiguo puesto fronterizo francés de la ciudad de Carling, la panadera Myriam Jansem-Boualit recorre unas decenas de metros cada mañana, excepto los lunes, que cierra, para llevar a la zona de demarcación los artículos encargados por teléfono por los golosos del Rin que ahora no pueden cruzar la frontera.

En la calle que atraviesa los dos países, hay grupos de personas charlando a un lado y otro de la barrera blanca y roja, pero pocos se aventuran a sortearla.

Debido a las medidas de circulación impuestas por la COVID-19, los clientes del lado alemán “ya no se atreven a venir”, o al menos son “mucho menos (numerosos) porque… hay controles”, explica Jansem-Boualit, con delantal blanco y mascarilla en la cara.

Entre sus clientes más fieles figura Hartmut Fey, de 52 años, un habitante de la ciudad de Lauterbach, de la vecina región del Sarre, que compra la bollería en Francia “desde hace décadas”.

Fey se ha hecho famoso publicando un video en las redes sociales en el que aparece recogiendo las baguettes y cruasanes de su panadera francesa… mediante una caña de pescar.

Se le ocurrió como “señal de amistad franco-alemana”, comenta con una sonrisa. “Es un tema de tradición. Compramos las baguettes y el pan en Francia desde hace décadas”.

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Fuente: infobae