Fernando Rivarola

Si un picahielo puede ser un arma, entonces la Justicia puede ser un picahielo.

Se habla en estos días de la sentencia abreviada que propuso el fiscal de Chubut, Fernando Rivarola, sobre el “desahogo sexual” en la adolescente de 16 años violada por una manada de inadaptados.

Remitiéndome a mi campo, hay varias cosas para ser analizadas y dejo en manos de las mujeres y hombres de la justicia recordar que estamos en el siglo XXI, año 2020, que tenemos Ley de Víctimas, Ley Micaela, el femicidio como delito agravado, abuso sexual, violación y edad de imputabilidad.

El universo colectivo observa expectante, siempre, que la Justicia justa sea representante de lo que las víctimas merecen para recobrar la paz social.

El crimen fue en el año 2012. La víctima tenía 16 años. Hoy tiene 24 y publica en redes sociales: “No me callo más”.

Eso significa que recién ahora está en condiciones psíquicas para afrontar la revivencia del trauma acontecido por seis energúmenos que casualmente decidieron su “desahogo sexual” en el mismo momento en que la víctima estaba en Playa Unión esperando ser “usada para dicho fin”.

Que la víctima esté en condiciones de revivir el hecho no significa que sanó de la herida del trauma, sino que puede afrontar “nuevamente” el vasallaje de su dignidad personal.

Es común que los episodios de traumas graves necesiten tiempo para poder ser expuestos nuevamente porque la vigencia afectiva de lo sucedido está intacta, “está pasando” mientras se repite su narración o se expone en la narración de testigos y criminales y no se sabe cuándo quedará elaborado definitivamente. Tal vez nunca. Sólo eso ha cambiado luego de ocho años: ahora puede hablar.

Un elemento muy importante para la elaboración del trauma es el resultado de un juicio que reconozca en la víctima una mortificación irreparable que necesita que lo justo sea justo ya que lo acontecido fue desde toda mirada absolutamente injusto. La confianza en la víctima, propagada, es la contención imprescindible para el alivio del dolor psíquico.

¿Somos los humanos animales superiores? Manada alude a animales (inferiores); la “violación en manada” no diferencia un humano masculino de un ejemplar de macho de otra especie.

Los varones con sus poluciones nocturnas en una sábana, así como las mujeres con vivencias eróticas que humedecen sus genitales sin saber mucho que sucede, reflejan que la excitación sexual puede ser involuntaria. Aunque también puede ser “voluntaria”, y las manos ser el instrumento de una masturbación tan natural como eterna a lo largo de la vida. Todo puede ser y es; nadie puede negarlo, aunque puede no querer decirlo.

Mallameci (25 años), Quintana (29 años), Del Villar (28 años) y dos menores -uno sobreseído porque sólo sostenía la puerta para que nadie entre y el otro declarado arrepentido- fueron protegidos por el fiscal en su delito. Pero no se masturbaron; violaron a una victima de 16 años.

Estos delincuentes son hombres criados y formados por otros hombres y mujeres que naturalizaron el abuso a la minoría femenina. Sus juventudes y desarrollos intelectuales están en el fango de los que por siglos consideraron a la mujer un objeto de vaciado sexual, sobre quien el desahogo era posible igual que en sus propias manos o sus sábanas.

En mi condición de profesional de la salud mental, señalo que estos criminales son un peligro social y requieren trabajo terapéutico y pena de cumplimiento efectivo para modificar el pensamiento del dominio falocéntrico de machos salvajes que sigue primando aun en algunos varones. No sabemos si estarán a tiempo de semejante cambio.

Lo más criminal de esto es que, salvajes como bestias, caen en manos de una Justicia injusta con hombres criados como ellos, pero abogados -y con funciones judiciales en algún caso- que con violencia institucional actúan como la manada: salvajemente.

Y así, quien debería proteger y reparar con un fallo noble a una adolescente de 16 años dictamina que sólo son dos menores y tres jóvenes impulsados por su desahogo sexual, usando esta expresión para que la manada obtenga una pena de no cumplimiento efectivo y queden en libertad. Desde todo punto de vista una aberración jurídica y humana. Y transformó la justicia en picahielo. Porque de hecho o de palabra, la joven fue revictimizada por su insensibilidad de macho salvaje.

¿Los diferenció la clase social? Nada raro en nuestras provincias feudos con el abuso del poder, que hace de la justicia un organismo de segunda que sigue los lineamientos de los que dominan.

Lo destaco porque la víctima debió alejarse de su lugar, tan suyo como de los criminales, como si fuera ocultable o vergonzante haber sido violada por cinco energúmenos para intentar una vida apacible.

El fiscal Fernando Rivarola seguramente se formó en una Justicia medieval que busca artilugios para deformar lo evidente, que es una mujer violada, menor y no tan importante como los hijos de poderosos que perpetraron el crimen. No será seguramente lo único que acomoda este fiscal, pero es lo que me ocupa ahora.

Rivarola estudió una Doctrina del Derecho Penal que priva a las víctimas de su derechos, a las minorías de lo mismo y se arroga la autoridad para transformar en picahielo lo que podría ayudarnos a sanar nuestros traumas si los hemos padecido, como la víctima de Playa Unión, y a tener paz social si nos sentimos cuidados por la Justicia justa.

Fiscales como Fernando Rivarola muestran su ignorancia moral, tal vez involuntaria.

Pero entonces le diría sin temor a equivocarme: tómese su tiempo, Fernando, deje su fiscalía, estudie, aggiórnese a este siglo pero por sobre todo esto trátese con un psicoterapeuta de estirpe profesional y revise su sexualidad porque sus ideas la evidencian más petrificada que las toscas patagónicas.

Las jóvenes actuales de los movimientos feministas llaman “deconstrucción del macho”. ¿Sabrá a que se refieren?

No sé si tiene familia, como para que piense en hijas o hermanas, pero seguro no nació de un repollo y como madre tiene seguro, ¿qué pasaría si el “desahogo sexual”, tan livianamente tomado por usted, hubiera sido sobre o dentro de su madre?

Para terminar, apelo a su ética: debería pedir disculpas públicas a la víctima. Hasta que no esté listo, deje el picahielo en un cajón lejos de su alcance.

Si puede pedir al juez que no tome en cuenta su barrabasada, hasta sería considerado ejemplar.

La autora es miembro de Usina de Justicia



Fuente: infobae