Setenta y cinco años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Jörg Baden recuerda el alambre de púas del campo de refugiados para alemanes en Dinamarca y los túneles que cavaba para salir a recoger flores.

De los cinco a los ocho años, este jubilado alemán fue un refugiado en Dinamarca, junto con unos 250.000 compatriotas que huyeron del avance del Ejército Rojo.

En el país escandinavo corrieron distinta suerte pero con frecuencia sus destinos fueron trágicos.

A partir de febrero de 1945, Dinamarca, entonces ocupada por los nazis, se vio obligada a acoger a estos desplazados, en su mayoría mujeres, niños y ancianos de Prusia oriental, y los soldados heridos evacuados del frente este.

Berlín designó al reino, que se libró de los combates y que linda en el sur con Alemania, para acoger a los exiliados.

Solían llegar por barcos, muchos de ellos torpedeados en el mar por los Aliados. Acababan en distintos refugios en el país. En Copenhague, 64 de los 71 colegios de la ciudad los acogieron.

En mayo, “después de que los británicos liberaran Dinamarca, la resistencia danesa se da cuenta de que unos 250.000 refugiados alemanes están en el país”, lo que equivalía al 5% de la población del reino, recuerda a la AFP John Jensen, historiador del museo de Varde (oeste).

Ante el temor de que se instale una minoría alemana demasiado grande, Dinamarca opta por internar a los refugiados en campos de alambre de púas, reciclando los antiguos campos militares nazis.

– Violación del juramento hipocrático –

Agotados por el viaje y propensos a desarrollar enfermedades, muchos refugiados murieron poco después de su llegada, a veces sin atención médica. En aquel entonces el Colegio de Médicos danés recomendó no intervenir.

Entre 1945 y 1949, año en que se fue el último refugiado, 17.000 de ellos murieron (13.000 sólo en 1945), de los cuales el 60% eran niños menores de cinco años.

Esto es más que el número de daneses fallecidos durante la ocupación, recalca Sine Vinther, historiadora de la Universidad de Roskilde.

“La idea predominante era que ayudar a un refugiado equivalía indirectamente a ayudar a la máquina de guerra alemana”, explicó a la AFP en el cementerio de Vestre Kirkegaard de Copenhague, que contiene casi 5.000 tumbas de refugiados alemanes.

Incluso después de la liberación, los médicos daneses continuaron siendo reacios.

“No eran capaces de deshacerse de la imagen de enemigo que tenían los alemanes”, estima la historiadora. “Los médicos daneses incumplieron su juramento”, agrega.

Jörg Baden forma parte de los afortunados. Con cinco años, fue hospitalizado por difteria.

“Fue una época difícil para muchos niños, pero me ayudaron a salir adelante”, recuerda este exprofesor de inglés e historia.

Recuerda la apresurada huida de su familia desde el pequeño puerto de Wärnemunde y su peligroso viaje por el mar Báltico, que los condujo a Haderslev, en Dinamarca.

A finales de septiembre de 1945 fueron trasladados al campamento de Oksbøl, que acogió a hasta 37.000 personas, convirtiéndose de hecho en la sexta ciudad danesa. Allí permanecieron casi dos años.

“Primero, nos alojaron en los boxes de los caballos, era muy primitivo (…), teníamos muy poca intimidad”, recuerda.

“Pidieron a mi padre que enseñara matemáticas (…) y gracias a eso pudimos mudarnos a una casa de piedra donde teníamos una habitación para nosotros, agua corriente y baños, lo que fue un gran progreso”, cuenta el octogenario.

Un lujo excepcional en un campamento que se organiza al margen de la sociedad danesa. Las autoridades llevan a cabo programas para “desnazificar” a los refugiados.

“Los refugiados eran casi prisioneros, los daneses no estaban autorizados a interactuar con ellos y los refugiados no tenían derecho de hablar con daneses, para que no tuvieran la más mínima impresión de ser los bienvenidos”, explica Sine Vinther.

Su partida de Dinamarca fue más lenta de lo previsto.

“No se les esperaba en sus regiones de origen (que pasaron bajo control polaco y ruso), los daneses tuvieron que negociar su repatriación con los Aliados”, recuerda Jensen.

Jörg y su familia se fueron de Dinamarca rumbo a Duisburgo, la ciudad natal de su padre, donde encontró un trabajo en el ejército británico en septiembre de 1947.

Posteriormente, Dinamarca estimó el costo de acogida de los refugiados en 430 millones de coronas de la época (1.200 millones de euros actuales, 1.360 millones de dólares), una factura de la que Alemania pagó más de un tercio.

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Fuente: infobae