El 27 de julio de 1980, el sah de Irán moría en El Cairo de un cáncer del sistema linfático. El presidente egipcio Anuar Al Sadat, su último aliado, organizó un majestuoso funeral al exmonarca expulsado por la Revolución Islámica.

Venerado y después denostado por su pueblo, instrumentalizado y desechado por los estadounidenses, Mohammad Reza Pahlevi tuvo que huir de Teherán diecisiete meses antes, tras 37 años de un reinado durante el que había soñado con convertir a su país en la quinta potencia del año 2000.

Después de pasar por Marruecos, las Bahamas, México, Estados Unidos y Panamá, el exautócrata, convertido en apátrida, se refugió el 24 de marzo en Egipto, hogar de su “único amigo”, el presidente Anuar el Sadat.

Gravemente enfermo, fue transportado en helicóptero al hospital de Meadi donde le extirparon el bazo, tras lo cual inicio una larga convalecencia en el palacio de Kubbeh, en la capital egipcia, rodeado de la Shahbanou (que significa esposa del sah) y de sus cuatro hijos. Pero su estado se agravó.

Unas horas después de su muerte, en un mensaje a la nación, Sadat anunció “con un profundo dolor” el deceso “de un amigo y de un hermano”.

“Dejemos a la historia la tarea de juzgar a Mohammad Reza Pahlevi como gobernante pero nosotros, en el Egipto musulmán, le mostraremos reconocimiento y respeto como hombre y musulmán”, declaró, recordando que el exdirigente se había “puesto del lado de Egipto en sus momentos difíciles”.

“Hasta el último momento, riéndose de las críticas que suscitaba, tanto en el mundo musulmán como en su propio país, el jefe del Estado egipcio permaneció fiel a aquel que no dejó de llamar ‘el sah'”, escribió en aquel entonces la AFP.

Su amistad se remontaba a principios de los años 1970. El sah se puso del lado de Egipto durante la guerra arabeisraelí de octubre de 1973, enviando ayuda médica, pero sobre todo autorizando –a pesar de ser aliado de Estados Unidos– aviones soviéticos a sobrevolar Irán para abastecer a El Cairo con material militar.

– “Pequeño problema sin importancia” –

En Teherán, la radio nacional anunció la muerte del exsoberano de manera escueta.

Al día siguiente, protagonizó todas las portadas de la prensa iraní: “El faraón ha muerto”, titulaba Azebegan, “El vampiro del siglo ha muerto”, rezaba Teheran Times, mientras que la República Islámica, el órgano del partido, acusaba a Estados Unidos de haber matado al soberano en el exilio.

“Para nosotros, la muerte del sah es un pequeño problema sin importancia”, declaró el presidente del Parlamento, el ayatolá Hashemi Rafsanjani, único alto responsable que hizo comentarios al fallecimiento.

Los “estudiantes islámicos”, que nueve meses antes asaltaron la embajada de Estados Unidos en Teherán y exigían hasta entonces la extradición del exsah, comunicaron que no querían “su cadáver” y que los 52 rehenes que retenían serían liberados “a cambio de la restitución de los bienes que usurpó”.

– 21 salvas –

El 29 de julio, el jefe del Estado egipcio encabezó el cortejo fúnebre que llevó el ataúd, cubierto con la bandera iraní y colocado sobre un carro de cañón tirado por seis caballos, del palacio presidencial a la mezquita Al Rifai.

Le siguieron, la exfamilia imperial, representantes de familias reales derrocadas (el exrey Constantino de Grecia, el príncipe Víctor Manuel de Saboya) y varios miles de soldados egipcios.

Ningún jefe de Estado estuvo presente. Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Japón, Australia e Israel enviaron a sus embajadores.

Entre los invitados, el expresidente estadounidense Richard Nixon calificó de “vergonzosa” la política vacilante de la administración de su país con el sah, “un aliado y un amigo leal de Estados Unidos durante más de 30 años”.

En la mezquita, el presidente Sadat y los dos hijos del exsah, Reza Cyrus y Ali Reza, acompañaron al cuerpo de su padre hasta la sala funeraria. Se lanzaron 21 salvas en la plaza pública.

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Fuente: infobae