Atrapados por la crisis del coronavirus, algunos indonesios deciden arriesgarlo todo y partir a la jungla para intentar arrancar unos gramos de oro en yacimientos ilegales.

El precio del oro está más alto que nunca en los mercados internacionales a causa de la pandemia.

En agosto el precio del metal dorado superó los 2.000 dólares la onza.

En el archipiélago indonesio, ese fenómeno ha provocado un auténtico frenesí, ilegal y descontrolado.

Más de un millón de indonesios viven de esas pequeñas explotaciones mineras que proliferan en regiones a menudo remotas, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Los peligros son numerosos: ser detenido, recibir una bala perdida, ser envenenado por el mercurio, o sufrir un accidente.

Padre de dos niños, Mustafá es uno de esos centenares de buscadores de oro sin permiso, que cada día juega al gato y al ratón con la policía en Papuasia, la región más oriental de Indonesia.

Su El Dorado particular se llama Grasberg, una de las minas de oro más grandes del mundo, explotada por el grupo estadounidense Freeport.

Río arriba de ese yacimiento, los buscadores como Mustafá llegan a recoger un gramo de oro al día filtrando incesantemente el barro. La venta a un negociante local puede representar unas 800.000 rupias (53 dólares, 46 euros), un monto nada desdeñable en esta región, una de las más pobres de Indonesia.

Mustafá asegura que en ese río los buscadores no utilizan mercurio. Pero otros peligros acechan.

Además de la amenaza policial, la zona se la disputan desde hace décadas una guerrilla independentista y las fuerzas de seguridad.

“Desde que empezó la pandemia somos más, porque el precio del oro se disparó”, dice Mustafá a la AFP vía telefónica.

“Corremos el peligro de que nos detengan, pero no tenemos otra opción, necesitamos dinero para alimentar a nuestras familias”.

El trabajo es penoso y la higiene escasa. El coronavirus está presente, además de otras enfermedades, en unas aguas infestadas de residuos tóxicos.

“Es muy peligroso para nuestra salud. Yo mismo y mis amigos tenemos enfermedades de la piel. Pero gracias a Dios, nadie ha atrapado aún el virus”, dice Mustafá.

– “Desastre ecológico” –

Miles de kilómetros más al este, en la isla de Borneo, la policía detuvo este mes a unos 400 mineros acusados de explotar una mina ilegal en una zona protegida. Podrían ser condenados a 15 años de cárcel.

En ese sitio, el mercurio es un serio peligro para los buscadores y el medio ambiente, destaca Sustyo Iriyono, responsable de protección de la selva en el ministerio de Medio Ambiente.

“Estas recientes detenciones  (…) demuestran que hay muchísimas actividades ilegales”, añade.

Aunque no hay cifras, el responsable confirma que la explotación de las minas ilegales está en auge, incluso en Java, la isla más poblada, o en Sumbawa, mucho más alejada.

“Es el precio tan alto del oro el que estimula esta actividad ilegal”, denuncia.

“Los mineros ilegales utilizan a menudo mercurio para acelerar el proceso y eso va a crear daños medioambientales”, explica el ecologista Aiesh Rumbekwan, que señala que se ha producido un “aumento masivo” de las minas ilegales.

Indonesia prohibió en 2017 el uso del mercurio en las minas artesanales. Pero ese metal, que puede afectar al sistema nervioso y provocar deformaciones en los bebés, se puede comprar fácilmente en el mercado negro.

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Fuente: infobae