“¿Vas a Ereván?” Con ojos ojerosos y miradas preocupadas, decenas de personas con maletas prueban suerte con los coches que pasan. En Goris, una localidad del sureste de Armenia que marca el límite con Nagorno Karabaj, los primeros desplazados de la guerra huyen del enclave separatista armenio bajo el fuego de las fuerzas azerbaiyanas.

Por primera vez desde la reanudación de las hostilidades hace siete días en esta región del Cáucaso que Azerbaiyán intenta reconquistar, familias enteras han llegado en grupos a Goris. Ese día, en la mayor parte del frente, los combates se intensificaron.

En el corazón del enclave montañoso –una vasta meseta a más de 2.300 metros de altitud que obliga a cruzar desfiladeros– sonaban las sirenas en las calles de la capital separatista, Stepanakert. Los drones azerbaiyanos las sobrevuelan regularmente y más de una vez fueron blanco de disparos de artillería pesada.

Muchos de los 55.000 habitantes de la ciudad ya emprendieron el camino del exilio temporal, hacia Goris, que suele ser una primera etapa en su ruta hacia la capital armenia, Ereván, 350 km más al noroeste.

Los coches y camiones que regresan del frente los dejan en la entrada de Goris, frente a un hotel grisáceo y cúbico al estilo soviético, a unos pasos de una gasolinera.

Los desplazados buscan un vehículo, una cita con algún conocido o un encuentro fortuito que les permita partir hacia Ereván, y el alivio de sentirse a salvo.

Las mujeres, algunas visiblemente agotadas, esperan sentadas en los bolsos, y los niños arman jaleo en la acera. Los hombres buscan oportunidades entre los vehículos que pasan, los taxis verdaderos y falsos o, más raramente, los autobuses públicos puestos a disposición por las autoridades.

– “¡Olvídenme!” –

“¿Cuántos sois? ¿Queréis que os llevemos?”: Ani, de 31 años, llegó por la tarde de Ereván al volante de su Clio verde. “Para ayudar”, explica esta mujer menuda, “consternada” por lo que está pasando y que, con su prometido y otro amigo, lo ha abandonado todo, incluso su trabajo de periodista, para venir aquí, a las puertas de Nagorno Karabaj.

“Ya no tenía la distancia necesaria para hacer mi trabajo, les dije ‘¡olvídenme!’. Hay cientos de desplazados que llegan de Stepanakert donde los bombardeos son intensos, debemos acudir en su ayuda de una manera u otra”, cuenta.

“Es una iniciativa personal, una forma de movilización popular. Ayudamos a nuestro país como podemos”, dijo Ani, alabando “la unidad total del pueblo armenio frente a la agresión de Erdogan (el presidente turco) y de Azerbaiyán”.

En Ereván, los desplazados reciben ayuda de conocidos o se alojan gratuitamente en hoteles o escuelas. Se les proporciona alimentos, ropa, dinero e incluso juguetes para los niños, donados en las innumerables colectas que se organizan en la capital, donde en casi todos los sitios ondean los colores de Armenia rojo, azul y naranja, junto a la bandera casi igual de Nagorno Karabaj, además de la “V” de cuadros blancos.

“Todo el país está hoy en el frente. Siempre ha sido así en los momentos difíciles de nuestra historia”, resume Ani.

No hay largas filas de desplazados que caminan por senderos montañosos con paquetes sobre la cabeza. Se van en orden y por carretera, con la idea de volver pronto. El flujo es limitado, pero los convoyes de coches y el tráfico hacia Ereván, mucho más denso de lo acostumbrado, dan testimonio de este pequeño éxodo.

Los camiones militares y las numerosas ambulancias, con las luces giratorias azules y, a veces, las sirenas ululando, circulan en los dos sentidos. Van y vuelven del frente de la guerra en lo alto de esta inmensa meseta de montañas negras.

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Fuente: infobae