En la imagen, el presidente saliente de Estados Unidos, Donald J. Trump. EFE/Oliver Contreras/Archivo
En la imagen, el presidente saliente de Estados Unidos, Donald J. Trump. EFE/Oliver Contreras/Archivo
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Las imágenes de la toma del Capitolio norteamericano por parte de manifestantes trumpistas recorren el mundo y generan multiplicidad de opiniones. La mayoría de ellas se ubican entre el regocijo de una perspectiva anti-imperialista y la demonización del presidente saliente como causa de la crisis. Los primeros remarcan las falencias del sistema político del país del norte y refuerzan sus argumentos contra aquellos que, hasta hace un mes, lo ponderaban como ejemplo. Los segundos ven en la figura de Trump una anomalía pronta a ser resuelta y, con ello, el encauzamiento de un sistema al que toman como modelo cuando critican a otros, supuestamente más lejanos de ese significante que todo explica, resuelve y ordena: la república.

Ambas miradas pueden tener algo de razón, pero resultan incompletas: Estados Unidos (EEUU) y Trump no son más que una variante de un problema cuya presencia se hace cada vez más obvia. El análisis basado en la crisis del sistema político norteamericano desplaza la posibilidad de entender estos hechos en el marco de otras explosiones populares en distintas partes del mundo. Al mismo tiempo, pensar que la figura de Trump explica la crisis no hace más que ceñir el análisis en el mismo sentido, sólo que en este caso la posición es más optimista en cuanto al alcance del movimiento en el futuro; para resolver este trance bastaría con desplazarlo fuera del sistema.

Si Trump y el trumpismo son indicios de un proceso más amplio, cabe preguntarse qué similitudes pueden rastrearse entre grupos supremacistas blancos norteamericanos, religiosos conservadores de clase trabajadora (con toda la imprecisión que conlleva la categoría) brasileña; o bien, ¿cómo se vinculan con las diferentes variantes de los movimientos anti-vacunas, terraplanistas, anarquistas, libertarios, entre otros?; o quizás ir más allá y buscar puntos de contacto con los jóvenes chilenos que piden reforma constitucional, los “chalecos amarillos” franceses y otros grupos movilizados cuyas periódicas apariciones se tornaron “clima de época”. Construir las respuestas a estas preguntas resulta complejo, problemático y espinoso, sin embargo, nos puede acercar a vislumbrar transformaciones más profundas cuya opacidad se apoya en miradas parciales.

En todos estos grupos movilizados existe una presencia discursiva que los recorre transversalmente y toma forma de grito indignado contra los representantes elegidos democráticamente: “¡ustedes no me representan!”. Así, el contrato imaginario sobre el que se construye el edificio político y social republicano se transfigura en constantes denuncias con contenidos análogos: “alejamiento de la clase política”, “gobierno de espaldas a la gente” y otras frases equivalentes, se suman a un acervo que crece y se refuerza en los medios de comunicación tradicionales y en las redes. Ante este panorama, parece natural que aparezcan figuras que busquen captar ese desencantamiento y se pongan a la cabeza de las críticas contra el establishment político; esa operación no sería del todo novedosa. Lo nuevo son los procedimientos que se ponen en marcha para articular reclamos aparentemente distantes y contradictorios –en muchos casos anti-democráticos- y transformarlos en apoyos a un candidato determinado.

Más allá de las dinámicas diversas que muestra este proceso, una obviedad lo recorre con mayor pregnancia a medida que las nuevas generaciones se van incorporando con su participación en las elecciones: las sociedades para las que fue pensado el sistema representativo hace dos siglos no existen más. Tampoco existían hace un siglo, pero el surgimiento de los partidos políticos de masas supo canalizar las transformaciones de la primera mitad del siglo XX dando origen a otro tipo de representación. Así, las identidades político/partidarias buscaron estructurar -con éxito muy discutible- los sistemas nacionales e intentaron dar respuesta a distintas divisiones sociales que, en el mejor de los casos, se canalizaron por vías democráticas.

Ahora bien, la pregunta que sobrevuela mi reflexión es: ¿cómo representar a las sociedades actuales? Una frase asoma inmediatamente para repreguntar o cuestionar esa formulación: “No hay tal cosa como la sociedad, hay hombres, mujeres y familias” (Margaret Tatcher dixit). Más allá del origen ideológico de la afirmación, pocos intelectuales podrían negar que si se pudo decir semejante cosa en los tempranos 80′s –con amplia aceptación-, 40 años después los lazos sociales (en occidente, al menos) se encuentran aún más dañados, cortados o heridos de muerte. En este marco, la pregunta sobre la representación se torna crucial.

En dicho contexto, también resulta pertinente pensar qué características deben o pueden mostrar aquellos y aquellas que pretendan ganar elecciones y gobernar (es decir, representar): ¿pueden o deben hablarle a una sociedad -o pueblo- que ha estallado por el aire y sus esquirlas son burbujas o grupos que se constituyen y se hacen fuertes a partir de su negación a entablar diálogos con otros?; ¿deberían apelar a discursos de unión y, con ello, intentar desactivar los debates encarnizados que brotan ante cada hecho, iniciativa o declaración? Si esos debates existen, ¿cómo interferirlos, canalizarlos o enriquecerlos desde un ámbito que “por default” genera desconfianza y rechazo?

El surgimiento de algunos líderes comprueba que una de las salidas encontradas es dirigirse a esas burbujas de manera directa; tomando sus reclamos como propios y utilizando procedimientos de comunicación segmentada para decirles a todos lo que quieren escuchar. El trumpismo es un gran ejemplo de estas operaciones, pero no es el único. En todo caso, lo importante es destacar la presencia de un proceso cada vez más patente en la construcción de candidatos y partidos que se auto-perciben como anti-sistema.

Ahora bien, si la estrategia es exitosa y se logra ganar elecciones, la articulación de reclamos difusos, heterogéneos y contradictorios presenta notables dificultades a la hora de encarar políticas concretas. Sin embargo, la posibilidad de una comunicación directa a través de las redes, permite conservar el centro de la escena marcando una agenda discursiva que no desatienda ninguna de las demandas (aunque más no sea con cataratas histéricas de tweets). Por supuesto que existen mecanismos de freno, control y contrapesos que hacen muy difícil avanzar en todos los senderos prometidos. Justamente, serán esos obstáculos los que permitirán unir aún más las fuerzas propias en un levantamiento contra las supuestas “estructuras vetustas de la política”.

Sin embargo, el efecto colateral que no tarda en aparecer es que, una vez que esas figuras disruptivas logran ganar elecciones, entran en las reglas generales de la ley: ahora son “el sistema” y son los que “no representan” a aquellos que no los han votado. Por lo tanto, esos liderazgos se muestran, en algunos casos, tan arrolladores al momento de construir campañas meteóricas como coagulantes de demandas de otros grupos que se ven atacados por las políticas o las declaraciones altisonantes necesarias para mantener una conducción de alto perfil. Así, polarización y movilización son dos caras de lo mismo y parecen constituirse en rasgos estables y sistémicos.

Si bien cada país tiene su especificidad y no funciona como modelo aplicable a todas las democracias occidentales, este proceso parece tornarse característico de una época marcada por identidades que se construyen, en buena medida, a partir de la interacción permanente y temprana en las redes sociales. Este fenómeno novedoso está generando transformaciones en todos los ámbitos y la representación política no está exenta sino que, por el contrario, muestra una de sus caras más inmediatas y escandalosas. En este escenario, lo “políticamente incorrecto”, antes reservado para las reuniones familiares o para ciertas “comunidades virtuales”, hoy entra de lleno en el debate abierto y, a partir de ello, se produce el involucramiento de sectores que se auto-marginaban del sistema por no sentirse representados. Apelar a la desaparición de candidatos que busquen captar y aprovechar estas situaciones resulta, cuanto menos, inocente o ilusorio.

Otra tendencia se engarza con lo explicado más arriba y en esa confluencia se configura la escena política presente. Tanto en campaña como en ejercicio de los mandatos, los representantes buscan parecerse cada vez más a los representados. Para ello, los asesores de imagen aconsejan “acercarse a la gente”, “hablar en su idioma”, “resolver sus problemas inmediatos”; y de ese modo escapar al reclamo tan temido del alejamiento. En este sentido, la dimensión performativa del discurso político queda debilitada y todo viso de acción creativa queda subsumido en la idea de “soy uno de ustedes”. “Lo que la gente quiere” y “lo que a la gente le interesa” se vuelven mantras que demuestran la imposibilidad de gobernar tomando decisiones que expresen un poder cuya declamación y ejercicio espanta a ambos lados del mostrador.

Como resultado, acciones concretas y profundas tomadas por gobiernos democráticos hace pocas décadas (sin importar su valoración) hoy resultan impensadas; incluso cuando estos personajes disruptivos alcanzan lugares decisorios importantes. Con sus apariciones, la escena política se agita más que nunca y, sin embargo, sus medidas efectivas no muestran quiebres profundos ni cambios de orientación repentinos. Por el contrario, el debate público –ya sea con ellos en el poder o en la oposición- se sumerge en discusiones fragmentarias, histéricas y coyunturales en las que ciertos parámetros y reglas del juego -hasta hace poco incuestionables- son atacados con argumentos de escasos caracteres. La necesidad de contra-argumentar en ese mismo terreno fangoso, paraliza o retrasa la concreción de ese ideal muchas veces esgrimido y puesto en práctica: la política es la herramienta para cambiar la realidad.

Mientras tanto, las instancias que sí configuran cambios reales y profundos en nuestras existencias se imponen, permanecen y se alimentan de cada discusión a los gritos, cada descalificación, cada escándalo y cada invasión al capitolio. La cultura algorítmica del “me gusta”, de la fragmentación de las audiencias y de los filtros burbuja, avanza sin ser cuestionada. ¿Acaso algún usuario de Facebook eligió o conoce el funcionamiento de los algoritmos que dan forma al menú individual en el que nos movemos?; ¿las limitaciones en cantidad de caracteres de Twitter fueron votadas por los usuarios?; ¿es democrático y republicano que dos o tres empresas se erijan en tribunales de ética y censuren a quienes consideren “peligrosos para la democracia”? Pese a lo controversial del panorama, el encauzamiento del debate público a través de políticas empresariales es presentado y recibido como la máxima expresión de la libertad individual. Ésta es pregonada como patrón de medida irrefutable de un escenario que parece ser para todos y, al mismo tiempo, asedia la posibilidad de construir y transformar colectivamente; es decir, de hacer política.

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Fuente: infobae